Ediciones UÑum Hue
Presenta la nouvelle de ciencia ficción "Pies de Lana"
de la escritora Norma Francomano
Hablarán los escritores Laura Germano y Walter Iannelli
a realizarseel sábado 4 de diciembre a las 17 hs.
en la Biblioteca Popular de Ciudad Jardín
Brindis y música.
Boulevard F.I.N.C.A. 6579 Tel: 4-751-2111
martes, 16 de noviembre de 2010
viernes, 8 de octubre de 2010
Reseña de la novela "Apuntes para una biografía" de A. Ramponelli
XII RESEÑA DE LA NOVELA “APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA” de Alberto Ramponelli
“UN PÁJARO NEGRO SOBREVUELA LOS MÁRGENES”
Esta novela de Alberto Ramponelli presenta varios niveles de lectura, uno micro y otro macro. Seguramente podría desgajarse en más pero prefiero ceñirme a estos dos. En principio me parece que esta obra intenta abarcar lo inabarcable y logra aproximarse a este objetivo con notable justeza. Parte de la llegada de este oscuro personaje, Edward Echenique, quien regresa a la Argentina deportado desde los Estados Unidos. Con aparentes buenas intenciones, intenta formar en nuestro país un grupo de avanzada espiritual en los años setenta. Esta idea, un poco copiada de las experiencias que él ha vivido en el país del norte, resulta inapropiada para ser aplicada a nuestra realidad de entonces. Con el objetivo de poder llevar adelante su proyecto, decide sumarse a los grupos de izquierda y usarlos de pantalla para lo que sería su meta final.
En un corto lapso logra fascinar a un nutrido grupo de jóvenes que se suman activamente a su proyecto. Todo funciona bien hasta que en el año 1978 es secuestrado por los militares que lo confinan en un batallón ubicado en el sur del país y lo obligan a trabajar para ellos. Allí fue obligado a darles clase para iniciarlos en los secretos del esoterismo. Aquí el autor relaciona hechos puntuales de la época con los conocimientos esotéricos en una concreta alusión a López Rega, la triple AAA y la aspiración de poder del almirante Massera.
El resto del tiempo, Edward Echenique debía estudiar bajo la custodia de un soldado de apellido Pérez, siempre temiendo que lo asesinaran. Este temor lógico se transforma en paranoia con el correr del tiempo hasta que lo liberan a fines de 1983 pero ya se la ha inoculado al pobre soldado Pérez, condenado a convivir con ella el resto de su vida.
El secuestro es visto desde la ventana por su compañera Mirna Pablic, su mujer y socia en la escuela de esoterismo. Luego de ver esa escena, Mirna informa a los alumnos. Ellos corren la voz y se dispersan para salvar sus vidas. Mirna huye a la provincia de Córdoba. Allí se refugia en la casa del hermano de su padre y se conecta con un investigador del fenómeno OVNI. Con el tiempo formará pareja repitiendo el mismo esquema de vinculación que tenía con Echenique.
Suly, otra de las alumnas, viaja al exilio y se queda en Paris donde conoce a Dana, una chilena con quien forma una pareja homosexual. Ambas están conectadas con los grupos de izquierda latinoamericanos exiliados en París.
Scally, ex novio de Suly, se refugia en Irlanda en casa de sus parientes y tiene una historia con su prima Marion. Ella quiere ser astróloga y, durante la estadía de Scally en Irlanda, le vaticina a su primo que él se irá y no volverán a verse nunca más. Cuando su vaticinio se cumple, ella sigue escribiéndole por un tiempo. Scally ahora está casado con una profesora de matemáticas llamada Alicia que no sabe de esta historia entre primos.
El día que Scally recibe la última carta de su prima, aprovecha que su mujer trabaja esa tarde para buscar una caja donde guarda información sobre Edward Echenique. Comienza así a escribir la biografía de este personaje con el título de la novela, en una verdadera puesta en abismo del texto.
El cura Santiago o Willy, un personaje con doble vida –sacerdote y actor- encarna la radical duplicidad de los seres humanos y la pregunta “¿Quién soy?”.
Hay algunos personajes menores dentro de la novela que no son alumnos de Edward Echenique. Uno de ellos es el isleño Santos que delata al grupo cuando están pasando una temporada en el Tigre, mientras asesina -a causa de una infidelidad- a su mujer Luisa y a su amante el Uruguayo. Su crimen es ocultado por la policía que le debe el favor de haberles proporcionado esta información.
El otro personaje que no pertenece al grupo de discípulos es el soldado Pérez que es quien tiene a su cargo la custodia del maestro esotérico Echenique durante su confinamiento en el sur.
Los apuntes del narrador, puestos en la boca de los diversos personajes le dan al texto un movimiento envolvente, circular, coral, de lenta aproximación que engaña al lector. Éste cree que descubrirá algo trascendental al terminar de leerlos. Hay datos que se van sumando, pero el misterio de Edward Echenique sigue en pie una vez terminada la novela: ¿quién fue?, ¿a qué vino?, ¿estaba en sus cabales?, ¿era un fraude?, ¿qué matriz extranjera de pensamiento quiso impulsar en Latinoamérica?, ¿qué quedó de su escuela?, ¿qué características tenían sus seguidores?
Sin duda, los jóvenes que él logró reclutar, empezando por Mirna, compartían rasgos de confusión y desolación respecto de sus antecedentes familiares que marcan sus conductas y los caminos que elijen. En este fárrago de historias negativas no sobreviven ni los sueños, ni la esperanza, ni la espiritualidad, ni la utopía. Todos los que estuvieron en contacto con Echenique no sólo no logran nada de lo que perseguían sino que quedan girando en un vacío y con el pájaro negro que anuncia la muerte revoloteando a su alrededor. Sólo los sostiene el primitivo instinto de supervivencia. Los setenta los pasaron al margen de la movida de la izquierda, detrás de un sueño borroso y extraño.
Esta novela de Ramponelli se conforma desde los bordes hacia el centro de un período histórico que apenas roza. Tanto se ha dicho y se sigue diciendo al respecto; y cuánto queda aún por decir. El autor sólo intenta mostrar otros componentes de aquella maraña de corrientes de pensamiento, intereses y fuerzas que confluyeron en el período más oscuro de nuestra Historia Nacional: el hippismo, la Cofradía de la Flor Solar, el esoterismo, Nietzsche, la masonería, el fenómeno OVNI, el capitalismo, el nazismo, el fascismo, las izquierdas, etc.
El nivel micro de lectura lo sostienen los relatos y testimonios personales de los personajes, su básica y desolada confusión. El contexto son los setenta, el enfrentamiento entre los proyectos de las izquierdas latinoamericanas y el del capitalismo depredador impuesto a sangre y fuego por la dictadura. Ambos proyectos fracasan. El primero por utópico y desgajado del grueso de la sociedad. El segundo por su crueldad, degradación moral e hipocresía.
El nivel macro de lectura es la ubicación del proyecto de Edward Echenique en el contexto regional, un “descuelgue” de cocoliche desde la dualidad de su propio nombre hasta el “patchwork” de su pensamiento nunca claramente explicitado. Como el título lo advierte, son tan sólo “apuntes”. No se pudo o no se quiso llegar a más. Lo cierto es que todas estas prótesis ideológicas, vernáculas o importadas desconocen el concepto de “inconsciente colectivo”, crucial e imprescindible para que las sociedades den un paso adelante en cualquier plano, ya tecnológico, social, político, etc. Todas ellas basan su difusión y éxito en la cooptación y sometimiento del otro o, en su defecto, su aniquilamiento.
Paradójicamente, esta ristra de fracasos a todo nivel son el abono necesario para la construcción colectiva que los grupos bienintencionados estaban buscando y esto no está en el texto de Ramponelli pero sí su honesto intento de aportar elementos dispersos, sutiles, ocultos, curiosamente ignorados bajo el manto de locura y de sangre de ese período reciente, que no termina de pasar porque siempre irrumpe una nueva verdad que nos escandaliza y nos compromete a seguir hasta el final.
Finalmente, esta novela ofrece varias piezas faltantes del rompecabezas que conforma nuestra ardua identidad.
“UN PÁJARO NEGRO SOBREVUELA LOS MÁRGENES”
Esta novela de Alberto Ramponelli presenta varios niveles de lectura, uno micro y otro macro. Seguramente podría desgajarse en más pero prefiero ceñirme a estos dos. En principio me parece que esta obra intenta abarcar lo inabarcable y logra aproximarse a este objetivo con notable justeza. Parte de la llegada de este oscuro personaje, Edward Echenique, quien regresa a la Argentina deportado desde los Estados Unidos. Con aparentes buenas intenciones, intenta formar en nuestro país un grupo de avanzada espiritual en los años setenta. Esta idea, un poco copiada de las experiencias que él ha vivido en el país del norte, resulta inapropiada para ser aplicada a nuestra realidad de entonces. Con el objetivo de poder llevar adelante su proyecto, decide sumarse a los grupos de izquierda y usarlos de pantalla para lo que sería su meta final.
En un corto lapso logra fascinar a un nutrido grupo de jóvenes que se suman activamente a su proyecto. Todo funciona bien hasta que en el año 1978 es secuestrado por los militares que lo confinan en un batallón ubicado en el sur del país y lo obligan a trabajar para ellos. Allí fue obligado a darles clase para iniciarlos en los secretos del esoterismo. Aquí el autor relaciona hechos puntuales de la época con los conocimientos esotéricos en una concreta alusión a López Rega, la triple AAA y la aspiración de poder del almirante Massera.
El resto del tiempo, Edward Echenique debía estudiar bajo la custodia de un soldado de apellido Pérez, siempre temiendo que lo asesinaran. Este temor lógico se transforma en paranoia con el correr del tiempo hasta que lo liberan a fines de 1983 pero ya se la ha inoculado al pobre soldado Pérez, condenado a convivir con ella el resto de su vida.
El secuestro es visto desde la ventana por su compañera Mirna Pablic, su mujer y socia en la escuela de esoterismo. Luego de ver esa escena, Mirna informa a los alumnos. Ellos corren la voz y se dispersan para salvar sus vidas. Mirna huye a la provincia de Córdoba. Allí se refugia en la casa del hermano de su padre y se conecta con un investigador del fenómeno OVNI. Con el tiempo formará pareja repitiendo el mismo esquema de vinculación que tenía con Echenique.
Suly, otra de las alumnas, viaja al exilio y se queda en Paris donde conoce a Dana, una chilena con quien forma una pareja homosexual. Ambas están conectadas con los grupos de izquierda latinoamericanos exiliados en París.
Scally, ex novio de Suly, se refugia en Irlanda en casa de sus parientes y tiene una historia con su prima Marion. Ella quiere ser astróloga y, durante la estadía de Scally en Irlanda, le vaticina a su primo que él se irá y no volverán a verse nunca más. Cuando su vaticinio se cumple, ella sigue escribiéndole por un tiempo. Scally ahora está casado con una profesora de matemáticas llamada Alicia que no sabe de esta historia entre primos.
El día que Scally recibe la última carta de su prima, aprovecha que su mujer trabaja esa tarde para buscar una caja donde guarda información sobre Edward Echenique. Comienza así a escribir la biografía de este personaje con el título de la novela, en una verdadera puesta en abismo del texto.
El cura Santiago o Willy, un personaje con doble vida –sacerdote y actor- encarna la radical duplicidad de los seres humanos y la pregunta “¿Quién soy?”.
Hay algunos personajes menores dentro de la novela que no son alumnos de Edward Echenique. Uno de ellos es el isleño Santos que delata al grupo cuando están pasando una temporada en el Tigre, mientras asesina -a causa de una infidelidad- a su mujer Luisa y a su amante el Uruguayo. Su crimen es ocultado por la policía que le debe el favor de haberles proporcionado esta información.
El otro personaje que no pertenece al grupo de discípulos es el soldado Pérez que es quien tiene a su cargo la custodia del maestro esotérico Echenique durante su confinamiento en el sur.
Los apuntes del narrador, puestos en la boca de los diversos personajes le dan al texto un movimiento envolvente, circular, coral, de lenta aproximación que engaña al lector. Éste cree que descubrirá algo trascendental al terminar de leerlos. Hay datos que se van sumando, pero el misterio de Edward Echenique sigue en pie una vez terminada la novela: ¿quién fue?, ¿a qué vino?, ¿estaba en sus cabales?, ¿era un fraude?, ¿qué matriz extranjera de pensamiento quiso impulsar en Latinoamérica?, ¿qué quedó de su escuela?, ¿qué características tenían sus seguidores?
Sin duda, los jóvenes que él logró reclutar, empezando por Mirna, compartían rasgos de confusión y desolación respecto de sus antecedentes familiares que marcan sus conductas y los caminos que elijen. En este fárrago de historias negativas no sobreviven ni los sueños, ni la esperanza, ni la espiritualidad, ni la utopía. Todos los que estuvieron en contacto con Echenique no sólo no logran nada de lo que perseguían sino que quedan girando en un vacío y con el pájaro negro que anuncia la muerte revoloteando a su alrededor. Sólo los sostiene el primitivo instinto de supervivencia. Los setenta los pasaron al margen de la movida de la izquierda, detrás de un sueño borroso y extraño.
Esta novela de Ramponelli se conforma desde los bordes hacia el centro de un período histórico que apenas roza. Tanto se ha dicho y se sigue diciendo al respecto; y cuánto queda aún por decir. El autor sólo intenta mostrar otros componentes de aquella maraña de corrientes de pensamiento, intereses y fuerzas que confluyeron en el período más oscuro de nuestra Historia Nacional: el hippismo, la Cofradía de la Flor Solar, el esoterismo, Nietzsche, la masonería, el fenómeno OVNI, el capitalismo, el nazismo, el fascismo, las izquierdas, etc.
El nivel micro de lectura lo sostienen los relatos y testimonios personales de los personajes, su básica y desolada confusión. El contexto son los setenta, el enfrentamiento entre los proyectos de las izquierdas latinoamericanas y el del capitalismo depredador impuesto a sangre y fuego por la dictadura. Ambos proyectos fracasan. El primero por utópico y desgajado del grueso de la sociedad. El segundo por su crueldad, degradación moral e hipocresía.
El nivel macro de lectura es la ubicación del proyecto de Edward Echenique en el contexto regional, un “descuelgue” de cocoliche desde la dualidad de su propio nombre hasta el “patchwork” de su pensamiento nunca claramente explicitado. Como el título lo advierte, son tan sólo “apuntes”. No se pudo o no se quiso llegar a más. Lo cierto es que todas estas prótesis ideológicas, vernáculas o importadas desconocen el concepto de “inconsciente colectivo”, crucial e imprescindible para que las sociedades den un paso adelante en cualquier plano, ya tecnológico, social, político, etc. Todas ellas basan su difusión y éxito en la cooptación y sometimiento del otro o, en su defecto, su aniquilamiento.
Paradójicamente, esta ristra de fracasos a todo nivel son el abono necesario para la construcción colectiva que los grupos bienintencionados estaban buscando y esto no está en el texto de Ramponelli pero sí su honesto intento de aportar elementos dispersos, sutiles, ocultos, curiosamente ignorados bajo el manto de locura y de sangre de ese período reciente, que no termina de pasar porque siempre irrumpe una nueva verdad que nos escandaliza y nos compromete a seguir hasta el final.
Finalmente, esta novela ofrece varias piezas faltantes del rompecabezas que conforma nuestra ardua identidad.
jueves, 23 de septiembre de 2010
POEMAS TRADUCIDOS AL CATALÁN POR PERE BESSÓ
POEMES DE NORMA MARÍA FRANCOMANO EN VERSIÓ AL CATALÀ DE PERE BESSÓ
EL REPLÀ
estava parada al saplà
atalaiant l’horitzó
a sota: bé o malament, allò recorregut
a dalt: expectant, allò ignorat
ací i ara: la convicció
de la meua fragilitat
l’acceptació
de la por meua de cada dia
i allí, damunt del traç prim de l’horitzó
un punt tènue, l’esperança
fustigada pel recel
(la meua supèrbia tractant d’escrutar déu)
___________________________
EL RELLANO
estaba parada en el descanso
oteando el horizonte
abajo: mal o bien, lo recorrido
arriba: expectante, lo ignorado
aquí y ahora: la convicción
de mi fragilidad
la aceptación
del miedo mío de cada día
y allí, sobre el delgado trazo del horizonte
un punto tenue, la esperanza
hostigada por el recelo
(mi soberbia tratando de escrutarlo a dios)
________________________________
a l’ànima
ningú no arriba
només la mort
l’abasta
la bressola
la pren
per un instant
i l’amolla
al alma
nadie llega
sólo la muerte
la abarca
la acuna
la sujeta
por un instante
y la suelta
___________________________________
plou tant
que la pluja
és una casa viva
que acaricia la nit
mirant d’amansir-la
llueve tanto
que la lluvia
es una casa viva
que acaricia la noche
tratando de aplacarla
___________________________________________
CARPE DIEM
ja no puc plorar ni lamentar
engul en la meua urgència
els nus molestos
d’històries complexes
per a no perdre el pas
i em sorprén
què bé que ho faig
CARPE DIEM
ya no puedo llorar ni lamentar
trago en mi urgencia
los nudos molestos
de historias complejas
para no perder el paso
y me sorprende
lo bien que lo hago
_____________________________________________________
una aventura
cada vegada que faig un bot
del llit al pis
i trontollosa
tracte d’ordenar-me les idees
de reconéixer-me viva
(malgrat les morts esmentades
i sengles resurreccions)
el dia va teixent-se inexorablement
i em convertesc en heroïna
de cada instant en què destrie
el meu destí per l’olfacte
que és allò que tinc de més confiança.
una aventura
cada vez que doy un salto
de la cama al piso
y tambaleante
trato de ordenar mis ideas
de reconocerme viva
(a pesar de las mentadas muertes
y sendas resurrecciones)
el día se va tejiendo inexorablemente
y me convierto en heroína
de cada instante en el que elijo
mi destino por el olfato
que es lo más confiable que tengo.
EL REPLÀ
estava parada al saplà
atalaiant l’horitzó
a sota: bé o malament, allò recorregut
a dalt: expectant, allò ignorat
ací i ara: la convicció
de la meua fragilitat
l’acceptació
de la por meua de cada dia
i allí, damunt del traç prim de l’horitzó
un punt tènue, l’esperança
fustigada pel recel
(la meua supèrbia tractant d’escrutar déu)
___________________________
EL RELLANO
estaba parada en el descanso
oteando el horizonte
abajo: mal o bien, lo recorrido
arriba: expectante, lo ignorado
aquí y ahora: la convicción
de mi fragilidad
la aceptación
del miedo mío de cada día
y allí, sobre el delgado trazo del horizonte
un punto tenue, la esperanza
hostigada por el recelo
(mi soberbia tratando de escrutarlo a dios)
________________________________
a l’ànima
ningú no arriba
només la mort
l’abasta
la bressola
la pren
per un instant
i l’amolla
al alma
nadie llega
sólo la muerte
la abarca
la acuna
la sujeta
por un instante
y la suelta
___________________________________
plou tant
que la pluja
és una casa viva
que acaricia la nit
mirant d’amansir-la
llueve tanto
que la lluvia
es una casa viva
que acaricia la noche
tratando de aplacarla
___________________________________________
CARPE DIEM
ja no puc plorar ni lamentar
engul en la meua urgència
els nus molestos
d’històries complexes
per a no perdre el pas
i em sorprén
què bé que ho faig
CARPE DIEM
ya no puedo llorar ni lamentar
trago en mi urgencia
los nudos molestos
de historias complejas
para no perder el paso
y me sorprende
lo bien que lo hago
_____________________________________________________
una aventura
cada vegada que faig un bot
del llit al pis
i trontollosa
tracte d’ordenar-me les idees
de reconéixer-me viva
(malgrat les morts esmentades
i sengles resurreccions)
el dia va teixent-se inexorablement
i em convertesc en heroïna
de cada instant en què destrie
el meu destí per l’olfacte
que és allò que tinc de més confiança.
una aventura
cada vez que doy un salto
de la cama al piso
y tambaleante
trato de ordenar mis ideas
de reconocerme viva
(a pesar de las mentadas muertes
y sendas resurrecciones)
el día se va tejiendo inexorablemente
y me convierto en heroína
de cada instante en el que elijo
mi destino por el olfato
que es lo más confiable que tengo.
domingo, 12 de septiembre de 2010
Reseña de nouvelle "Basavilbaso" de Laura Germano
Reseña de la nouvelle “Estación Basavilbaso” de Laura Germano:
Al comenzar a leer esta nouvelle, el lector ingresa en un universo mínimo, de laboratorio. Descubre lo grande en lo pequeño, lo universal en lo privado, la totalidad de una historia en el tenue trazo de las percepciones.
La escritora urde su delicada trama como una filigrana. Su material es elusivo, casi impalpable, incomprobable y contundente a la vez. Este aspecto, por sí solo, nos habla de su talento poco común y nos remite a Catherine Mansfield, a quien -como al pasar- homenajea en el texto, reconociéndola en su genealogía literaria. Laura Germano le hace honor a su mentora. Nos zambulle en ese territorio tan delicado y pequeño como
la tela tejida por una avezada araña.
Viajamos de su mano por las cartas que recibe de Joaquín y que responde la protagonista. Vamos ingresando en esa atmósfera hecha de deseo, de soledad, de esperanza, de ilusión y de palabras. Es un juego de deducciones y de adivinanzas nacido de la casualidad, como brote desesperado de dos almas sedientas. Tanto Joaquín como la protagonista se suben a este viaje interior y se desplazan hasta la estación Basavilbaso para concretar el encuentro, para transformar en gestos corporales la seducción de la palabra que los tiene felizmente maniatados desde el anonimato.
Para la protagonista ese viaje desde El Palomar, provincia de Buenos Aires, hasta Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, es una vuelta al terruño, al paraíso perdido de la infancia y la adolescencia. Es un regreso al origen y a los afectos primeros. Es confrontarse con lo que fue, con lo que deseaba ser y con lo que definitivamente es. Es un viaje para responderse la pregunta ¿quién soy? Y poner en blanco y negro lo aprendido, lo escuchado en las divergentes modalidades de pensamiento que confluyen en su persona a través de las genealogías de sus padres, tan distintos. Ella opta por la libertad encarnada en la familia paterna y añora la presencia de ese padre que siempre estuvo llegando y partiendo. La dejaba en manos de la familia materna, prejuiciosa y autoritaria. Estos dos patrones conviven en ella y condicionan sus decisiones, su forma de asir la vida y el amor.
Cuando el ansiado encuentro se concreta. El amor literario, de ficción se contrapone con el amor real, de carne y hueso. Aquí, las palabras pierden su poder y la carnadura no logra estar a su altura. Ambos sobrellevan la decepción con tacto y subsanan el vacío nuevamente con palabras que serán el epílogo verbalizado de todo lo escrito. Esta vez el que se queda en la estación Basavilbaso para verla partir es el hombre, es Joaquín.
La protagonista regresa con un puñado de encuentros fortuitos que atesorará y continuará vía mail. Será Enrique García, el flaco, quien le confirmará quién fue ella en su adolescencia, cuando los modelos que proponía el existencialismo se hicieron carne en muchos jóvenes que veían en Simone de Beauvoir y en Jean Paul Sartre los paradigmas del amor en los sesenta.
Ella vuelve a su soledad después de descubrir que ese otro cielo era un breve cielo de papel que la torpeza de la voluntad de ambos –como un chorro de manguera- había empapado.
En esta sutil nouvelle, Laura Germano nos señala la diferencia entre ficción y realidad, en la confusión en la que estamos inmersos dentro de nuestras sensaciones, elucubraciones, indicios. Cuánto duele cotejar con el “otro” nuestros mundos y qué difícil resulta poder proyectar de a dos cuando se está frente a frente, cada uno con su historia a cuestas. De tanto en tanto reconforta dejarse enamorar por el bálsamo seductor de las palabras y esta trampa –una vez desactivada- nos conduce, irremediablemente, a la aceptación y al crecimiento.
Norma María Francomano
Al comenzar a leer esta nouvelle, el lector ingresa en un universo mínimo, de laboratorio. Descubre lo grande en lo pequeño, lo universal en lo privado, la totalidad de una historia en el tenue trazo de las percepciones.
La escritora urde su delicada trama como una filigrana. Su material es elusivo, casi impalpable, incomprobable y contundente a la vez. Este aspecto, por sí solo, nos habla de su talento poco común y nos remite a Catherine Mansfield, a quien -como al pasar- homenajea en el texto, reconociéndola en su genealogía literaria. Laura Germano le hace honor a su mentora. Nos zambulle en ese territorio tan delicado y pequeño como
la tela tejida por una avezada araña.
Viajamos de su mano por las cartas que recibe de Joaquín y que responde la protagonista. Vamos ingresando en esa atmósfera hecha de deseo, de soledad, de esperanza, de ilusión y de palabras. Es un juego de deducciones y de adivinanzas nacido de la casualidad, como brote desesperado de dos almas sedientas. Tanto Joaquín como la protagonista se suben a este viaje interior y se desplazan hasta la estación Basavilbaso para concretar el encuentro, para transformar en gestos corporales la seducción de la palabra que los tiene felizmente maniatados desde el anonimato.
Para la protagonista ese viaje desde El Palomar, provincia de Buenos Aires, hasta Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, es una vuelta al terruño, al paraíso perdido de la infancia y la adolescencia. Es un regreso al origen y a los afectos primeros. Es confrontarse con lo que fue, con lo que deseaba ser y con lo que definitivamente es. Es un viaje para responderse la pregunta ¿quién soy? Y poner en blanco y negro lo aprendido, lo escuchado en las divergentes modalidades de pensamiento que confluyen en su persona a través de las genealogías de sus padres, tan distintos. Ella opta por la libertad encarnada en la familia paterna y añora la presencia de ese padre que siempre estuvo llegando y partiendo. La dejaba en manos de la familia materna, prejuiciosa y autoritaria. Estos dos patrones conviven en ella y condicionan sus decisiones, su forma de asir la vida y el amor.
Cuando el ansiado encuentro se concreta. El amor literario, de ficción se contrapone con el amor real, de carne y hueso. Aquí, las palabras pierden su poder y la carnadura no logra estar a su altura. Ambos sobrellevan la decepción con tacto y subsanan el vacío nuevamente con palabras que serán el epílogo verbalizado de todo lo escrito. Esta vez el que se queda en la estación Basavilbaso para verla partir es el hombre, es Joaquín.
La protagonista regresa con un puñado de encuentros fortuitos que atesorará y continuará vía mail. Será Enrique García, el flaco, quien le confirmará quién fue ella en su adolescencia, cuando los modelos que proponía el existencialismo se hicieron carne en muchos jóvenes que veían en Simone de Beauvoir y en Jean Paul Sartre los paradigmas del amor en los sesenta.
Ella vuelve a su soledad después de descubrir que ese otro cielo era un breve cielo de papel que la torpeza de la voluntad de ambos –como un chorro de manguera- había empapado.
En esta sutil nouvelle, Laura Germano nos señala la diferencia entre ficción y realidad, en la confusión en la que estamos inmersos dentro de nuestras sensaciones, elucubraciones, indicios. Cuánto duele cotejar con el “otro” nuestros mundos y qué difícil resulta poder proyectar de a dos cuando se está frente a frente, cada uno con su historia a cuestas. De tanto en tanto reconforta dejarse enamorar por el bálsamo seductor de las palabras y esta trampa –una vez desactivada- nos conduce, irremediablemente, a la aceptación y al crecimiento.
Norma María Francomano
miércoles, 1 de septiembre de 2010
ACERCA DEL MARTÍN FIERRO DE JOSÉ HERNÁNDEZ:
El gaucho Martín Fierro va boyando por la vida. Se siente perseguido por la “autoridá” y por el “salvaje”. No tiene un claro rumbo geográfico pero quiere preservarse, vivir, a pesar de todo. Su rumbo es la supervivencia. No lo cuestiona a Dios, sólo le implora.
Fierro reitera el tema de la persecución, del peligro, de la amenaza, de la desgracia. Su primer enemigo es la pobreza concreta.
En el viaje de vuelta Fierro tiene como meta la búsqueda de los hijos que lo atan más a la sociedad ya que es, indudablemente, un descastado.
La primera parte del Martín Fierro fue escrita en 1872. La segunda parte en 1879. Hay cambios políticos y sociales entre ambas escrituras que seguramente condicionaron a José Hernández en el tratamiento de ciertos temas como, por ejemplo, el ámbito de los indios que, en la ida son refugio y salvación y, en la vuelta son infierno insoportable para Fierro, Cruz y la cautiva.
El viaje de vuelta de las tolderías es arduo, difícil, lleno de impedimentos y peligros. Como una carrera de obstáculos. La meta es aún más incierta.
A pesar de esto Fierro se sigue aferrando a la vida como un supuesto que no está en discusión.
Luego del reencuentro con sus hijos y el hallazgo del hijo de Cruz, juntos deciden el viaje final del texto. Se lanzan a la búsqueda de sus correspondientes destinos accionando ese recurso inexpugnable de autodefensa y preservación propio de nuestros gauchos.
Cuando Fierro vuelve al pueblo, relata su viaje en forma pormenorizada. Se detiene en cada hecho y lo narra haciendo hincapié en la desgracia, en el dolor pero, invocando a Dios y cantándole a la vida. En el Canto I nos dice “mas siempre sirven las sombras/para distinguir la luz”.
Su deseo de vivir queda claro en los siguientes versos: “Me he decidido a venir/a ver si puedo vivir/y me dejan trabajar”.
En el Canto II relata lo que deja: mujer, hijos y pago. Con Cruz se quedan con los primeros salvajes que encuentran. Estos les perdonan la vida y quedan cautivos.
Fierro entonces relata la forma de vida y costumbres de los indios: “Parece un baile de fieras/sigún yo me lo imagino”.
En el Canto III vuelve al tema de la supervivencia y expresa el deseo de la vuelta:
“De ese modo nos hallamos
empeñaos en la partida
no hay que darla por perdida
por dura que sea la suerte
ni que pensar en la muerte
si no en soportar la vida”.
Habla del mal y de ser hombre para aguantar lo que venga. La fe nunca lo abandona:
“Mas quien manda los pesares
manda también el consuelo”.
Relata más adelante las penurias y el maltrato. Los indios los separan a Fierro y a Cruz. Recién después de dos años les permiten vivir juntos. Los retienen para cambiarlos por rehenes. Fierro habla del hambre y del hombre.
En el Canto IV, Fierro se detiene en la desconfianza y costumbres del indio. Nos dice que es fiero para la guerra y no conoce la compasión. Nunca se ríe. Las indias son las que trabajan. Entre ellos sobresalen la crueldad, la suciedad y la ausencia de Dios.
En el Canto V, Fierro narra la vuelta del malón. Nos dice que se reparten el botín con igualdad y sin malicia. Hace una referencia a la campaña de Roca:
“pero si yo no me engaño
concluyó ese bandalage
y esos bárbaros salvages
no podrán hacer más daño”
Menciona el maltrato a la mujer:
“sólo los cobardes son
valientes con sus mujeres”
Luego ensalza a la mujer:
“Yo alabo al Eterno Padre
no porque las hizo bellas
sino porque a todas ellas
les dio corazón de madre”
Señala la insensibilidad del indio:
“porque el indio no se ablanda
ni siquiera en el amor”.
Luego frena este relato pormenorizado y relata la muerte de una china (mujer) dentro del cerco de lanzas. Continúa enumerando las costumbres y crueldades de los indios, aún para con ellos mismos. Ya en el canto VI relata la epidemia de viruela que los diezma y mata a Cruz. Dedica el Canto VII a llorar, enterrar y rezar por su amigo muerto. Luego relata el asesinato de una china, cristiana a manos de un indio pampa. En el Canto VIII explica que la mató porque la culparon de la muerte de una mujer india tan sólo con su presencia. Esta sospecha justificó su asesinato ya que la acusaron de bruja. En el Canto IX relata cómo un indio mata al hijo de una cautiva e intenta matarla a ella. Ambos se trenzan en una pelea fiera. La mujer lo ayuda a salvar la vida y Martín Fierro luego lo mata al indio. Ayuda a la mujer a juntar los pedazos de su hijo muerto y los dos agradecen a Dios por estar vivos.
En el Canto X se explaya acerca de cómo el indio educa al caballo, le ofrece su caballo a la cautiva y él monta el del indio pampa muerto. Los dos entierran al indio para que sus compañeros tarden en encontrarlo. Huyen por el desierto hacia las tierras pobladas por los blancos. Ella se queda en una estancia y él sigue:
Concluyo esta relación,
ya no puedo continuar.
Permítanme descansar:
están mis hijos presentes,
y yo ansioso porque cuenten
lo que tengan que contar.
En el Canto XI hay un cambio de estrofa, toma la forma romance. Está en una pulpería y mientras un muchacho se prepara para tocar la guitarra y cantas, él cuenta que en las estancias trató de averiguar cómo estaban las cosas. Supo que mucho no habían cambiado pero, en su caso, un amigo le contó que el juez que lo perseguía ya había muerto y que nadie se acordaba ya de la muerte del moreno. También relata cómo encontró a sus hijos en una carrera muy grande organizada por unos estancieros. Menciona que muchos conocían su historia y al dar su nombre se le acercaron los muchachos que resultaron ser sus hijos y lo estaban buscando. Uno de sus hijos ya está listo para cantar. Martín Fierro manifiesta que les tiene mucha fe, no porque sean sus hijos sino porque han sufrido mucho y esto los ha templado.
En el Canto XII comienza a cantar el hijo mayor de Fierro y cuenta la vida de padecimientos que tuvo que vivir, sin casa, ni madre, ni padre:
Pido a todos que no olviden
lo que les voy a decir:
en la escuela del sufrir
he tomado mis lecciones,
y hecho muchas reflecciones
dende que empecé a vivir
Aquí nuevamente tenemos la división estrófica en sextinas octosilábicas. El hijo mayor cuenta cómo cuando trabajaba en una estancialo culparon de la muerte de un boyero y terminó preso injustamente. A continuación relata pormenorizadamente el sufrimiento de la vida en la cárcel. La considera peor que el delito más aberrante y agrega que el hombre recuerda allí toda su vida anterior y se hace perfeccionista de tanto rumiar su pasado.
Norma María Francomano
Fierro reitera el tema de la persecución, del peligro, de la amenaza, de la desgracia. Su primer enemigo es la pobreza concreta.
En el viaje de vuelta Fierro tiene como meta la búsqueda de los hijos que lo atan más a la sociedad ya que es, indudablemente, un descastado.
La primera parte del Martín Fierro fue escrita en 1872. La segunda parte en 1879. Hay cambios políticos y sociales entre ambas escrituras que seguramente condicionaron a José Hernández en el tratamiento de ciertos temas como, por ejemplo, el ámbito de los indios que, en la ida son refugio y salvación y, en la vuelta son infierno insoportable para Fierro, Cruz y la cautiva.
El viaje de vuelta de las tolderías es arduo, difícil, lleno de impedimentos y peligros. Como una carrera de obstáculos. La meta es aún más incierta.
A pesar de esto Fierro se sigue aferrando a la vida como un supuesto que no está en discusión.
Luego del reencuentro con sus hijos y el hallazgo del hijo de Cruz, juntos deciden el viaje final del texto. Se lanzan a la búsqueda de sus correspondientes destinos accionando ese recurso inexpugnable de autodefensa y preservación propio de nuestros gauchos.
Cuando Fierro vuelve al pueblo, relata su viaje en forma pormenorizada. Se detiene en cada hecho y lo narra haciendo hincapié en la desgracia, en el dolor pero, invocando a Dios y cantándole a la vida. En el Canto I nos dice “mas siempre sirven las sombras/para distinguir la luz”.
Su deseo de vivir queda claro en los siguientes versos: “Me he decidido a venir/a ver si puedo vivir/y me dejan trabajar”.
En el Canto II relata lo que deja: mujer, hijos y pago. Con Cruz se quedan con los primeros salvajes que encuentran. Estos les perdonan la vida y quedan cautivos.
Fierro entonces relata la forma de vida y costumbres de los indios: “Parece un baile de fieras/sigún yo me lo imagino”.
En el Canto III vuelve al tema de la supervivencia y expresa el deseo de la vuelta:
“De ese modo nos hallamos
empeñaos en la partida
no hay que darla por perdida
por dura que sea la suerte
ni que pensar en la muerte
si no en soportar la vida”.
Habla del mal y de ser hombre para aguantar lo que venga. La fe nunca lo abandona:
“Mas quien manda los pesares
manda también el consuelo”.
Relata más adelante las penurias y el maltrato. Los indios los separan a Fierro y a Cruz. Recién después de dos años les permiten vivir juntos. Los retienen para cambiarlos por rehenes. Fierro habla del hambre y del hombre.
En el Canto IV, Fierro se detiene en la desconfianza y costumbres del indio. Nos dice que es fiero para la guerra y no conoce la compasión. Nunca se ríe. Las indias son las que trabajan. Entre ellos sobresalen la crueldad, la suciedad y la ausencia de Dios.
En el Canto V, Fierro narra la vuelta del malón. Nos dice que se reparten el botín con igualdad y sin malicia. Hace una referencia a la campaña de Roca:
“pero si yo no me engaño
concluyó ese bandalage
y esos bárbaros salvages
no podrán hacer más daño”
Menciona el maltrato a la mujer:
“sólo los cobardes son
valientes con sus mujeres”
Luego ensalza a la mujer:
“Yo alabo al Eterno Padre
no porque las hizo bellas
sino porque a todas ellas
les dio corazón de madre”
Señala la insensibilidad del indio:
“porque el indio no se ablanda
ni siquiera en el amor”.
Luego frena este relato pormenorizado y relata la muerte de una china (mujer) dentro del cerco de lanzas. Continúa enumerando las costumbres y crueldades de los indios, aún para con ellos mismos. Ya en el canto VI relata la epidemia de viruela que los diezma y mata a Cruz. Dedica el Canto VII a llorar, enterrar y rezar por su amigo muerto. Luego relata el asesinato de una china, cristiana a manos de un indio pampa. En el Canto VIII explica que la mató porque la culparon de la muerte de una mujer india tan sólo con su presencia. Esta sospecha justificó su asesinato ya que la acusaron de bruja. En el Canto IX relata cómo un indio mata al hijo de una cautiva e intenta matarla a ella. Ambos se trenzan en una pelea fiera. La mujer lo ayuda a salvar la vida y Martín Fierro luego lo mata al indio. Ayuda a la mujer a juntar los pedazos de su hijo muerto y los dos agradecen a Dios por estar vivos.
En el Canto X se explaya acerca de cómo el indio educa al caballo, le ofrece su caballo a la cautiva y él monta el del indio pampa muerto. Los dos entierran al indio para que sus compañeros tarden en encontrarlo. Huyen por el desierto hacia las tierras pobladas por los blancos. Ella se queda en una estancia y él sigue:
Concluyo esta relación,
ya no puedo continuar.
Permítanme descansar:
están mis hijos presentes,
y yo ansioso porque cuenten
lo que tengan que contar.
En el Canto XI hay un cambio de estrofa, toma la forma romance. Está en una pulpería y mientras un muchacho se prepara para tocar la guitarra y cantas, él cuenta que en las estancias trató de averiguar cómo estaban las cosas. Supo que mucho no habían cambiado pero, en su caso, un amigo le contó que el juez que lo perseguía ya había muerto y que nadie se acordaba ya de la muerte del moreno. También relata cómo encontró a sus hijos en una carrera muy grande organizada por unos estancieros. Menciona que muchos conocían su historia y al dar su nombre se le acercaron los muchachos que resultaron ser sus hijos y lo estaban buscando. Uno de sus hijos ya está listo para cantar. Martín Fierro manifiesta que les tiene mucha fe, no porque sean sus hijos sino porque han sufrido mucho y esto los ha templado.
En el Canto XII comienza a cantar el hijo mayor de Fierro y cuenta la vida de padecimientos que tuvo que vivir, sin casa, ni madre, ni padre:
Pido a todos que no olviden
lo que les voy a decir:
en la escuela del sufrir
he tomado mis lecciones,
y hecho muchas reflecciones
dende que empecé a vivir
Aquí nuevamente tenemos la división estrófica en sextinas octosilábicas. El hijo mayor cuenta cómo cuando trabajaba en una estancialo culparon de la muerte de un boyero y terminó preso injustamente. A continuación relata pormenorizadamente el sufrimiento de la vida en la cárcel. La considera peor que el delito más aberrante y agrega que el hombre recuerda allí toda su vida anterior y se hace perfeccionista de tanto rumiar su pasado.
Norma María Francomano
OPERACIÓN MASACRE: producto de una matriz inmemorial
En este texto Rodolfo Walsh se siente conminado por un compromiso solidario. Deja a un lado su tranquilidad de periodista escritor de novelas policiales y se interna en la ignominiosa maraña de los fusilamientos de José León Suárez acaecidos el 9 de junio de 1956.
Su punto de partida es: “Hay un fusilado que vive”. De allí en adelante va desentrañando la verdad hasta llegar a la afirmación final: es evidente que el gobierno de la Revolución Libertadora aplicó, retroactivamente, a hombres detenidos el 9/6/1956 una Ley Marcial promulgada el 10/6/1956 y eso no es fusilamiento. Es un asesinato.(También se sabe que después de promulgada la Ley no fue difundida para sorprender a algún insurrecto tardío).
Esta aseveración, puesta en una perspectiva futura, preanuncia los asesinatos de la década de los 70 –antes y durante la Dictadura- otra Operación Masacre de mucha mayor magnitud y con condimentos espeluznantes (robos de bebés, violaciones, robo de propiedades y bienes, etc.).
Aquella Operación Masacre quedó impune. Ésta está siendo castigada treinta y tres años después, en algunos casos post-mortem, en otros con atenuantes escandalosos como la prisión domiciliaria.
La Historia Nacional está plagada de estos hechos que tienen en Juan Manuel de Rosas su ejecutor proverbial. Pero también están las matanzas de aborígenes en las distintas campañas barredoras de indios o las de principios del siglo XX con los fusilamientos de obreros en la Patagonia.
Antes aún, con la llegada de los conquistadores, se sucedieron innumerables matanzas de aborígenes para poder apropiarse de la tierra y de sus riquezas. Podríamos seguir enumerando regiones y matanzas, no ya en América sino en cualquier parte del mundo y en incontables épocas históricas. Pueblos contra pueblos, hemisferio contra hemisferio, naciones contra naciones, religiones contra religiones, estilo de vida contra estilo de vida, clases sociales contra clases sociales, pandillas contra pandillas, cosmovisión contra cosmovisión, hombres contra hombres en definitiva.
La historia de la Humanidad está bañada de sangre inocente y estos crímenes, la más de las veces han quedado impunes.
En este punto, el texto de Rodolfo Walsh alcanza la categoría de proeza porque un sólo hombre se planta y reclama justicia por otros a quienes no conoce. Sus principios no le permiten pasar esos “fusilamientos/asesinatos” por alto y se juega; se planta y se perfila ya, como víctima de la siguiente gran matanza – igual que el resto de los sobrevivientes de los fusilamientos, por otra parte.
Podríamos trazar un paralelo con la investigación de Osvaldo Bayer respecto de las matanzas de obreros en la Patagonia. Ésta también fue una proeza que pagó con la proscripción y el exilio. Afortunadamente, pudo contarla y saborear la victoria del regreso con gloria, del reconocimiento del pueblo patagónico y de las comunidades aborígenes de esa región.
Rodolfo Walsh no tuvo esta suerte.La pregunta sería:
¿qué nos pasa frente al otro, al distinto, al diferente que lo reducimos a la categoría de escollo y simplemente lo removemos?
¿qué nos pasa que nos convertimos en viles Caínes en cuanto nos vemos frente al otro?
Es como si sobre la tierra sólo hubiera lugar para los “unos” y no para los “otros”.
Algunas sociedades supuestamente civilizadas, avanzadas, desarrolladas, del “primer” mundo, funcionan democráticamente pero muestran siempre la hilacha. Hecha la ley, hecha la trampa. Con eufemismos logran soslayar los principios básicos de igualdad ante la ley, de equidad y de justicia para castigar siempre al “otro”. La opción pareciera ser: elegir ser “ cola de león” o “cabeza de ratón”.
Aquél que elige ser cola de león se traga sapos, pero sobrevive. El que opta por ser cabeza de ratón, pone en peligro su vida. El pez grande se come al chico. Toda esta sabiduría popular y estas verdades de Perogrullo patentizan esta matriz que moldea la conducta humana desde tiempos inmemoriales. ¿Y por qué Sudamérica iba a salvarse de estos patrones de conducta? Antes de la llegada de los conquistadores también había matanzas entre las distintas etnias aborígenes, pueblos que buscaban la supremacía sobre otros.
Es entonces el hombre el lobo del hombre, citando a Hobbes, porque no ha podido desarrollar sus funciones superiores: las espirituales. La carne y el intelecto por sí solos producen egoísmo y el ego expulsa al “alter”, al otro. Donde hay egoísmo, el altruismo no tiene espacio. A partir de este concepto miope se desbarranca todo lo demás. Hasta casi podríamos decir que la Operación Masacre la perpetra media Humanidad contra la otra y que las leyes, la civilización, los organismos nacionales e internacionales, los tres poderes democráticos logran apenas frenar la voracidad de los unos contra los otros.
Aquí el papel de los medios es insoslayable. Mientras se fusila a hombres inocentes en José León Suárez, la radio transmite música clásica y nadie dice nada. Había que sintonizar radio Colonia para enterarse de las movidas políticas en la Argentina.
Recordemos la cobertura recortada del atentado a las Torres Gemelas o los relatos unívocos de las guerras en Afganistán e Irak, la muerte de los periodistas independientes que tan sólo querían hacer su trabajo con honestidad profesional, objetivamente.
Todo aquel que osa levantar su voz contra el poder es eliminado y, en el caso que nos ocupa, la Operación Masacre de junio de 1956, el poder ni siquiera constata si esos hombres son enemigos. Ante la sospecha o la duda la respuesta es el asesinato.
Perón cometió el gravísimo pecado de darles entidad a los otros -a los pobres, los trabajadores- y los unos –los ricos, los desde siempre dueños del poder- hasta prohibieron que se pronunciara su nombre.
Ante la sospecha de una conspiración para lograr su vuelta en junio de 1956, había que aplastarlos, sin preguntar demasiado para no perder tiempo, por las dudas y R. Walsh tuvo la valentía, la osadía de levantar su voz y señalar la injusticia, el crimen. Los enrostró con su propia indignidad. Los monstruos no quieren verse sus rasgos en el espejo. Prefieren inventarse dioses, símbolos, estandartes, excusas y falsas utopías de orden, organización, respeto, jerarquías, banderas, medallas y jinetas para tapar sus únicos móviles: el poder y la riqueza malhabidos.
En esta estratificación “el otro” es apenas una cucaracha, asquea y hay que matarla. R. Walsh, aún sabiendo esto, no quiso ser cómplice y habló en defensa de la dignidad de los unos y de los otros. Esta actitud lo eleva por encima de la media humana.
Norma María Francomano
Su punto de partida es: “Hay un fusilado que vive”. De allí en adelante va desentrañando la verdad hasta llegar a la afirmación final: es evidente que el gobierno de la Revolución Libertadora aplicó, retroactivamente, a hombres detenidos el 9/6/1956 una Ley Marcial promulgada el 10/6/1956 y eso no es fusilamiento. Es un asesinato.(También se sabe que después de promulgada la Ley no fue difundida para sorprender a algún insurrecto tardío).
Esta aseveración, puesta en una perspectiva futura, preanuncia los asesinatos de la década de los 70 –antes y durante la Dictadura- otra Operación Masacre de mucha mayor magnitud y con condimentos espeluznantes (robos de bebés, violaciones, robo de propiedades y bienes, etc.).
Aquella Operación Masacre quedó impune. Ésta está siendo castigada treinta y tres años después, en algunos casos post-mortem, en otros con atenuantes escandalosos como la prisión domiciliaria.
La Historia Nacional está plagada de estos hechos que tienen en Juan Manuel de Rosas su ejecutor proverbial. Pero también están las matanzas de aborígenes en las distintas campañas barredoras de indios o las de principios del siglo XX con los fusilamientos de obreros en la Patagonia.
Antes aún, con la llegada de los conquistadores, se sucedieron innumerables matanzas de aborígenes para poder apropiarse de la tierra y de sus riquezas. Podríamos seguir enumerando regiones y matanzas, no ya en América sino en cualquier parte del mundo y en incontables épocas históricas. Pueblos contra pueblos, hemisferio contra hemisferio, naciones contra naciones, religiones contra religiones, estilo de vida contra estilo de vida, clases sociales contra clases sociales, pandillas contra pandillas, cosmovisión contra cosmovisión, hombres contra hombres en definitiva.
La historia de la Humanidad está bañada de sangre inocente y estos crímenes, la más de las veces han quedado impunes.
En este punto, el texto de Rodolfo Walsh alcanza la categoría de proeza porque un sólo hombre se planta y reclama justicia por otros a quienes no conoce. Sus principios no le permiten pasar esos “fusilamientos/asesinatos” por alto y se juega; se planta y se perfila ya, como víctima de la siguiente gran matanza – igual que el resto de los sobrevivientes de los fusilamientos, por otra parte.
Podríamos trazar un paralelo con la investigación de Osvaldo Bayer respecto de las matanzas de obreros en la Patagonia. Ésta también fue una proeza que pagó con la proscripción y el exilio. Afortunadamente, pudo contarla y saborear la victoria del regreso con gloria, del reconocimiento del pueblo patagónico y de las comunidades aborígenes de esa región.
Rodolfo Walsh no tuvo esta suerte.La pregunta sería:
¿qué nos pasa frente al otro, al distinto, al diferente que lo reducimos a la categoría de escollo y simplemente lo removemos?
¿qué nos pasa que nos convertimos en viles Caínes en cuanto nos vemos frente al otro?
Es como si sobre la tierra sólo hubiera lugar para los “unos” y no para los “otros”.
Algunas sociedades supuestamente civilizadas, avanzadas, desarrolladas, del “primer” mundo, funcionan democráticamente pero muestran siempre la hilacha. Hecha la ley, hecha la trampa. Con eufemismos logran soslayar los principios básicos de igualdad ante la ley, de equidad y de justicia para castigar siempre al “otro”. La opción pareciera ser: elegir ser “ cola de león” o “cabeza de ratón”.
Aquél que elige ser cola de león se traga sapos, pero sobrevive. El que opta por ser cabeza de ratón, pone en peligro su vida. El pez grande se come al chico. Toda esta sabiduría popular y estas verdades de Perogrullo patentizan esta matriz que moldea la conducta humana desde tiempos inmemoriales. ¿Y por qué Sudamérica iba a salvarse de estos patrones de conducta? Antes de la llegada de los conquistadores también había matanzas entre las distintas etnias aborígenes, pueblos que buscaban la supremacía sobre otros.
Es entonces el hombre el lobo del hombre, citando a Hobbes, porque no ha podido desarrollar sus funciones superiores: las espirituales. La carne y el intelecto por sí solos producen egoísmo y el ego expulsa al “alter”, al otro. Donde hay egoísmo, el altruismo no tiene espacio. A partir de este concepto miope se desbarranca todo lo demás. Hasta casi podríamos decir que la Operación Masacre la perpetra media Humanidad contra la otra y que las leyes, la civilización, los organismos nacionales e internacionales, los tres poderes democráticos logran apenas frenar la voracidad de los unos contra los otros.
Aquí el papel de los medios es insoslayable. Mientras se fusila a hombres inocentes en José León Suárez, la radio transmite música clásica y nadie dice nada. Había que sintonizar radio Colonia para enterarse de las movidas políticas en la Argentina.
Recordemos la cobertura recortada del atentado a las Torres Gemelas o los relatos unívocos de las guerras en Afganistán e Irak, la muerte de los periodistas independientes que tan sólo querían hacer su trabajo con honestidad profesional, objetivamente.
Todo aquel que osa levantar su voz contra el poder es eliminado y, en el caso que nos ocupa, la Operación Masacre de junio de 1956, el poder ni siquiera constata si esos hombres son enemigos. Ante la sospecha o la duda la respuesta es el asesinato.
Perón cometió el gravísimo pecado de darles entidad a los otros -a los pobres, los trabajadores- y los unos –los ricos, los desde siempre dueños del poder- hasta prohibieron que se pronunciara su nombre.
Ante la sospecha de una conspiración para lograr su vuelta en junio de 1956, había que aplastarlos, sin preguntar demasiado para no perder tiempo, por las dudas y R. Walsh tuvo la valentía, la osadía de levantar su voz y señalar la injusticia, el crimen. Los enrostró con su propia indignidad. Los monstruos no quieren verse sus rasgos en el espejo. Prefieren inventarse dioses, símbolos, estandartes, excusas y falsas utopías de orden, organización, respeto, jerarquías, banderas, medallas y jinetas para tapar sus únicos móviles: el poder y la riqueza malhabidos.
En esta estratificación “el otro” es apenas una cucaracha, asquea y hay que matarla. R. Walsh, aún sabiendo esto, no quiso ser cómplice y habló en defensa de la dignidad de los unos y de los otros. Esta actitud lo eleva por encima de la media humana.
Norma María Francomano
ACERCA DEL TRATADO QUE CONSENSUÓ EL GENERAL LUCIO V.
Mansilla parte con un propósito casi heroico, con visos de gesta patriótica. Desde un comienzo duda de la seriedad de su misión, no por sus intenciones sino a causa de las intenciones del poder que representa. Desecha esta idea que –de haber sido cierta- lo hubiera paralizado. Cree en el Presidente Domingo F. Sarmiento pero no en su entorno. El objetivo final es la liberación de un territorio. Hay que apaciguarlo, anexarlo, hacerlo producir, transitarlo libremente, tender el ferrocarril.
Los Ranqueles son el obstáculo para el logro de ese objetivo y Mansilla es el apaciguador, el mediador elegido para concretarlo, la punta de lanza del país en ciernes. ¿De qué país? ¿De qué habitantes?
El coronel viene precedido de buena fama. Por eso lo eligieron y por eso logra llegar al corazón del Cuero y volver indemne.
En su trayecto, su presencia parodia la entrada de los conquistadores en América. Es bien recibido. Lo agasajan. Regala y le regalan. Hay un intercambio de gentilezas.
Lo acompañan dos sacerdotes que permanecen en silencio. Su interés es más sutil: ganar almas que ya sienten respeto por Dios. Vislumbran su poder y lo asocian con esas presencias. Al mismo tiempo desconfían del blanco, presienten que hay una intención de despojo y están a la defensiva.
En los numerosos encuentros, los Ranqueles explicitan sus requerimientos y Mansilla accede porque tiene que pactar y volver vivo. Sin embargo, no sabe si sus superiores cumplirán lo prometido y aleja este pensamiento una y otra vez para poder concluir su misión.
Entretanto, dos cosmovisiones se enfrentan y Mansilla hace esfuerzos por mantenerse firme en sus convicciones. Hay aspectos en esas vidas, en esa organización social, en esa estratificación, que lo sorprenden, lo conmueven. Por momentos lo vemos casi titubeante frente a los Ranqueles, sin poder discernir si él es el representante de la civilización y ellos la barbarie o viceversa.
Cierta promiscuidad propia del paganismo y sus celebraciones orgiásticas lo sorprenden y lo asquean. En este punto se siente parte de una civilización superior, la que desciende de la tradición judeo-cristiana y sus prohibiciones, su idea del pecado incluidas las transgresiones, la culpa, el perdón y sus recurrencias.
A la vez, esa libertad y ferocidad de los Ranqueles lo encandilan. Hay un “otro”, “diferente”, que no es exactamente ni inferior ni manipulable sino distinto.
La convivencia en un pie de igualdad sería inadmisible para el poder central. Someterlos por la fuerza sería costoso cuando los criollos todavía están enfrentándose entre sí para darle forma de nación al territorio.
Es aquí donde, en una semiconsciencia, Mansilla, apenas inocente, pone el huevo de la serpiente en territorio Ranquel: el tratado con sus concesiones y promesas que será violado éste e incumplidas éstas, sentando otro precedente nefasto en la constitución de la Nación Argentina: la traición, con toda su progenie de desconfianza y desunión.
La palabra “tratado” nos muestra, curiosamente, una doble acepción. Por un lado alude al acuerdo que se quiere firmar con los Ranqueles y, por el otro, es el participio del verbo tratar y nos tienta a pensar que ese tratado es una muestra de cómo los aborígenes eran “tratados”. Luego, al ver el resultado de las “tratativas” y las consecuencias de su incumplimiento cabría anteponerle el adverbio “mal” y formaríamos otro verbo: maltratar. Por oposición podemos pensar en “bien tratar” pero, oh sorpresa, no constituye verbo, no se consolida con el adverbio. Tal vez esto suceda por la poca recurrencia que tiene esta acción en nuestro interactuar con el otro, con los otros…
En la página 268, Mansilla nos cuenta acerca de su encuentro con Baigorrita, el cacique ahijado de Manuel Baigorria, un gaucho puntano catalogado de mal indio y mal cristiano por haber traicionado a unos y otros. Baigorrita admite sus errores pero manifiesta el deseo de obtener un permiso para ir a verlo porque, mal o bien conceptuado, era su padrino. Mansilla le elogia su sentido de la lealtad. Un sentido que la “civilización” anulará para poder apropiarse de las tierras de la supuesta “barbarie”. Y más aún, hasta son tan respetuosos estos bárbaros que piden autorización para atravesar un territorio que poco tiempo antes les pertenecía.
Baigorrita le ofreció al coronel ser el padrino de su hijo. Otra muestra de los bárbaros hacia los civilizados. Seguramente, ningún civilizado le pediría a un Ranquel – o a cualquier otro aborigen- que sea el padrino de su hijo. Esta asimetría respecto de la consideración mutua pone al desnudo un desequilibrio que preanuncia la derrota de los Ranqueles y el fracaso del tratado.
Mansilla les pide que confíen, que cumplan con los compromisos para ser respetados. Baigorrita le dice que saben que los quieren correr hasta al sur del Río Negro y acabar con ellos. Mansilla sigue defendiendo su “gesta” con poca convicción interior.
Ya en la página 221, al final del capítulo 39 y en el capítulo 40, Mansilla piensa en esa gente (los paisanos, los cautivos, los aborígenes), en sus vidas, en las leyes e instituciones del mundo civilizado que no llegan a brindar o proteger aquello para lo cual fueron creadas: la justicia.
En la página 225, cuando Mansilla visita al cacique Mariano Rozas, tiene el desparpajo de decir que la tierra no es del que la habita sino del que la produce. Los Ranqueles ven con desconfianza todo este interés de los blancos por la posesión de la tierra. Mansilla les pregunta que para qué quieren tanta tierra si eso es lo que sobra.
Nuevamente, dos cosmovisiones chocan.
El indio no comprende el propósito del blanco porque esas ideas son ajenas a su mundo. La tierra para el aborigen es territorio a recorrer, a disfrutar; es libertad no producción. Pero sí comprende que lo están perjudicando aunque no reacciona con la energía necesaria en el primer momento de las propuestas y después, la historia nos mostrará que la reacción fue tardía. Favoreció el despojo y el aniquilamiento.
En la página 229, respecto de la profanación de tumbas que realizan los blancos, Mansilla se pregunta si será cierto que la civilización es corruptora y luego agrega: “Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar, que ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos” y cuenta más adelante la inmolación que hizo el bandido cordobés Bargas de un cautivo de ocho años junto a su hijo muerto para que tuviese quien le sirviera de peón en su siguiente vida, ya que los aborígenes creen en la metempsicosis.
Bargas hace un sacrificio humano para sobresalir por su ferocidad en una comunidad que no hace sacrificios humanos.
En las páginas 254 y 255 Mansilla habla de la fidelidad conyugal y de los espías. La palabra traición impregna los dos pasajes.
El tratado, a medida que el relato avanza y la excursión va llegando a su fin, se va tornando en una propuesta que podemos ubicar a medio camino entre la utopía y la burla. Hay, en el fondo, algo fatal en esta incursión en ese mundo “otro”. La balanza se inclinará, inevitablemente, a favor del más fuerte, en tecnología, en armas letales, a favor del más avezado en el arte de mentir y embaucar: el hombre blanco. Con su fracaso, sucumben muchas cosas que hoy se han querido rescatar tardíamente, porque las masacres borran casi toda huella, en este caso, nada menos que una cultura: la historia de ese territorio anterior a la llegada del hombre blanco, el idioma araucano, la voz de los ranqueles, su legado cultural.
Este libro echa luz sobre ese período histórico y sobre esa zona de nuestro territorio. Mansilla logra un tratado precario que es rápidamente violado, traicionado, olvidado, pero nos deja este texto que nos permite espiar dentro de ese mundo fascinante y lamentar.
Norma María Francomano
Los Ranqueles son el obstáculo para el logro de ese objetivo y Mansilla es el apaciguador, el mediador elegido para concretarlo, la punta de lanza del país en ciernes. ¿De qué país? ¿De qué habitantes?
El coronel viene precedido de buena fama. Por eso lo eligieron y por eso logra llegar al corazón del Cuero y volver indemne.
En su trayecto, su presencia parodia la entrada de los conquistadores en América. Es bien recibido. Lo agasajan. Regala y le regalan. Hay un intercambio de gentilezas.
Lo acompañan dos sacerdotes que permanecen en silencio. Su interés es más sutil: ganar almas que ya sienten respeto por Dios. Vislumbran su poder y lo asocian con esas presencias. Al mismo tiempo desconfían del blanco, presienten que hay una intención de despojo y están a la defensiva.
En los numerosos encuentros, los Ranqueles explicitan sus requerimientos y Mansilla accede porque tiene que pactar y volver vivo. Sin embargo, no sabe si sus superiores cumplirán lo prometido y aleja este pensamiento una y otra vez para poder concluir su misión.
Entretanto, dos cosmovisiones se enfrentan y Mansilla hace esfuerzos por mantenerse firme en sus convicciones. Hay aspectos en esas vidas, en esa organización social, en esa estratificación, que lo sorprenden, lo conmueven. Por momentos lo vemos casi titubeante frente a los Ranqueles, sin poder discernir si él es el representante de la civilización y ellos la barbarie o viceversa.
Cierta promiscuidad propia del paganismo y sus celebraciones orgiásticas lo sorprenden y lo asquean. En este punto se siente parte de una civilización superior, la que desciende de la tradición judeo-cristiana y sus prohibiciones, su idea del pecado incluidas las transgresiones, la culpa, el perdón y sus recurrencias.
A la vez, esa libertad y ferocidad de los Ranqueles lo encandilan. Hay un “otro”, “diferente”, que no es exactamente ni inferior ni manipulable sino distinto.
La convivencia en un pie de igualdad sería inadmisible para el poder central. Someterlos por la fuerza sería costoso cuando los criollos todavía están enfrentándose entre sí para darle forma de nación al territorio.
Es aquí donde, en una semiconsciencia, Mansilla, apenas inocente, pone el huevo de la serpiente en territorio Ranquel: el tratado con sus concesiones y promesas que será violado éste e incumplidas éstas, sentando otro precedente nefasto en la constitución de la Nación Argentina: la traición, con toda su progenie de desconfianza y desunión.
La palabra “tratado” nos muestra, curiosamente, una doble acepción. Por un lado alude al acuerdo que se quiere firmar con los Ranqueles y, por el otro, es el participio del verbo tratar y nos tienta a pensar que ese tratado es una muestra de cómo los aborígenes eran “tratados”. Luego, al ver el resultado de las “tratativas” y las consecuencias de su incumplimiento cabría anteponerle el adverbio “mal” y formaríamos otro verbo: maltratar. Por oposición podemos pensar en “bien tratar” pero, oh sorpresa, no constituye verbo, no se consolida con el adverbio. Tal vez esto suceda por la poca recurrencia que tiene esta acción en nuestro interactuar con el otro, con los otros…
En la página 268, Mansilla nos cuenta acerca de su encuentro con Baigorrita, el cacique ahijado de Manuel Baigorria, un gaucho puntano catalogado de mal indio y mal cristiano por haber traicionado a unos y otros. Baigorrita admite sus errores pero manifiesta el deseo de obtener un permiso para ir a verlo porque, mal o bien conceptuado, era su padrino. Mansilla le elogia su sentido de la lealtad. Un sentido que la “civilización” anulará para poder apropiarse de las tierras de la supuesta “barbarie”. Y más aún, hasta son tan respetuosos estos bárbaros que piden autorización para atravesar un territorio que poco tiempo antes les pertenecía.
Baigorrita le ofreció al coronel ser el padrino de su hijo. Otra muestra de los bárbaros hacia los civilizados. Seguramente, ningún civilizado le pediría a un Ranquel – o a cualquier otro aborigen- que sea el padrino de su hijo. Esta asimetría respecto de la consideración mutua pone al desnudo un desequilibrio que preanuncia la derrota de los Ranqueles y el fracaso del tratado.
Mansilla les pide que confíen, que cumplan con los compromisos para ser respetados. Baigorrita le dice que saben que los quieren correr hasta al sur del Río Negro y acabar con ellos. Mansilla sigue defendiendo su “gesta” con poca convicción interior.
Ya en la página 221, al final del capítulo 39 y en el capítulo 40, Mansilla piensa en esa gente (los paisanos, los cautivos, los aborígenes), en sus vidas, en las leyes e instituciones del mundo civilizado que no llegan a brindar o proteger aquello para lo cual fueron creadas: la justicia.
En la página 225, cuando Mansilla visita al cacique Mariano Rozas, tiene el desparpajo de decir que la tierra no es del que la habita sino del que la produce. Los Ranqueles ven con desconfianza todo este interés de los blancos por la posesión de la tierra. Mansilla les pregunta que para qué quieren tanta tierra si eso es lo que sobra.
Nuevamente, dos cosmovisiones chocan.
El indio no comprende el propósito del blanco porque esas ideas son ajenas a su mundo. La tierra para el aborigen es territorio a recorrer, a disfrutar; es libertad no producción. Pero sí comprende que lo están perjudicando aunque no reacciona con la energía necesaria en el primer momento de las propuestas y después, la historia nos mostrará que la reacción fue tardía. Favoreció el despojo y el aniquilamiento.
En la página 229, respecto de la profanación de tumbas que realizan los blancos, Mansilla se pregunta si será cierto que la civilización es corruptora y luego agrega: “Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar, que ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos” y cuenta más adelante la inmolación que hizo el bandido cordobés Bargas de un cautivo de ocho años junto a su hijo muerto para que tuviese quien le sirviera de peón en su siguiente vida, ya que los aborígenes creen en la metempsicosis.
Bargas hace un sacrificio humano para sobresalir por su ferocidad en una comunidad que no hace sacrificios humanos.
En las páginas 254 y 255 Mansilla habla de la fidelidad conyugal y de los espías. La palabra traición impregna los dos pasajes.
El tratado, a medida que el relato avanza y la excursión va llegando a su fin, se va tornando en una propuesta que podemos ubicar a medio camino entre la utopía y la burla. Hay, en el fondo, algo fatal en esta incursión en ese mundo “otro”. La balanza se inclinará, inevitablemente, a favor del más fuerte, en tecnología, en armas letales, a favor del más avezado en el arte de mentir y embaucar: el hombre blanco. Con su fracaso, sucumben muchas cosas que hoy se han querido rescatar tardíamente, porque las masacres borran casi toda huella, en este caso, nada menos que una cultura: la historia de ese territorio anterior a la llegada del hombre blanco, el idioma araucano, la voz de los ranqueles, su legado cultural.
Este libro echa luz sobre ese período histórico y sobre esa zona de nuestro territorio. Mansilla logra un tratado precario que es rápidamente violado, traicionado, olvidado, pero nos deja este texto que nos permite espiar dentro de ese mundo fascinante y lamentar.
Norma María Francomano
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